viernes, 15 de octubre de 2010

Querido Caín

Hoy me paseo por aquí para recomendaros un libro. Creo que no conozco a nadie que coincida con otro alguien en más de un 50% en gustos literarios, si es que eso se puede medir (porque no existe bookaffinity, ¿verdad?), pero este libro aunque no os apasione no os va a resultar difícil de leer, a nadie le va a resultar infumable. O eso creo.

El autor es Ignacio García-Valiño. Si alguien lee esto que estoy escribiendo y además ha leído mi lista de libros destacados (se me antoja harto complicado que se den las dos circunstancias), verá que ya hay dos libros especiales para mí de este fenómeno. Bueno, sin excederme en halagos: a mí me encanta cómo escribe, cómo describe, lo sencillo que lo hace, pero preciso a la vez, armónico y sugestivo. Yo suelo preferir los libros que son originales en español, porque disfruto mucho más que con algunas traducciones que acaban destrozando buenos libros, y que diciendo lo mismo te aportan la mitad. Además las historias de García-Valiño resultan ser bastante originales, a pesar de que a estas alturas debe ser totalmente imposible encontrar un tema virgen sobre el que hablar en una novela.

De "Querido Caín" prefiero no deciros nada. Para qué crear expectativas distintas a las que uno imagine, si luego no se van a cumplir. O sí. Sólo que a mí me ha sorprendido. Si queréis, podéis echar un vistazo a la reseña. Y si alguien se decide se lo puedo dejar... a ver si os gusta tanto como a mí, y luego me pedís el resto de libros. Por cierto, supongo que será inútil, pero lo dejo caer: si alguien tiene, o ha visto, o sabe dónde conseguir o lo que sea "La caja de música y otros cuentos", de este mismo autor, que me lo diga, por favor.

*Publicado originalmente el 12 de Febrero de 2008, en el espacio Elena y el Trueno*

jueves, 15 de julio de 2010

Cantábrico

Por fin hemos conocido este tramo de costa que tanto nos apetecía. Es la zona de la ría de Mundaka, reserva de Urdaibai, pero dado lo estupendo del tiempo del fin de semana, aprovechamos más la playa que el campo. Habrá que darse una vuelta en otoño para disfrutar también del verde, que promete.

El ambiente de los pueblos que visitamos, inmejorable. Mundaka, capital del surf, se llena de gente venida de todas partes del mundo, a disfrutar de la ola izquierda. Nosotros de surf nada, pero la playa, los bares, los menús del batzoki y las vistas, ya nos cautivaron.

Por otra parte, potear por Bermeo, villa pesquera, tiene su encanto, y si encima coincide con que regresan los remeros de la trainera de Urdaibai, celebrando el triunfo en la regata disputada pocas horas antes, pues además es emocionante.

En fin, que nos ha gustado mucho y nos lo apuntamos para repetir cuando haya ocasión.

San Juan de Gaztelugatxe


La última foto es de la puerta de nuestro hotel. La guía Trotamundos (Guide du Routard) es un clásico referente en cuanto a guías turísticas. Yo me declaro fan número uno, a pesar de no haber leído muchas, por eso me fío de sus recomendaciones. Como veis, era imposible no fijarnos en este hotel. Desde que entramos en su web, supimos que íbamos a dormir allí.

miércoles, 30 de junio de 2010

Muda de piel

Quizá estoy escuchando el sonido de las olas meciendo la barca que he dejado a la deriva mientras mi piel se tuesta bajo el sol, y lo único que hay alrededor es arena y salitre. Puede que esté alojada en el hotel más escandalosamente lujoso de Las Vegas con una maleta repleta de dinero sobre la cama, esperando una llamada de teléfono que nunca se producirá.

Hace mucho calor. Ahora estoy en el parque, dando patadas a un balón, que no se cansa de rebotar contra la pared. Los otros niños juegan en un pequeño estanque que hay en el centro del parque, salpicándose unos a otros. Puedo ver cómo han dejado todas las sandalias y las zapatillas amontonadas junto a un banco. Alguno, incluso, se ha quitado el pantalón. De vez en cuando me miran, cuchichean y se ríen. Al poco rato me marcho a casa. Mi madre abre la puerta. Veo como su sonrisa se torna en un momento en una expresión airada. Me da un cachete y me manda a mi habitación. Allí, repaso mi imagen en el espejo: el pelo empapado de sudor, la camisa abotonada hasta arriba, la pajarita en su sitio, los tirantes exactamente simétricos, los pantalones con vuelta justo por encima de la rodilla, los calcetines de canalé bien estirados, y los zapatos casi inmaculados, excepto por una manchita marrón, sobre un trozo de piel levantada, justo en la puntera del pie derecho.

En este momento soy una inmigrante subsahariana en España, buscando un pueblo en el que me contraten para la vendimia, y así conseguir unas pocas monedas que me proporcionen la certeza de que al menos esta noche mis cuatro hijos no pasarán hambre.

Ahora estoy vestido de civil, tomando un güisqui con hielo, con un codo apoyado en la barra y escrutando el tugurio entre humo y luces rojas de neón, intentando adivinar quién carajo será el tipo al que le pueda sonsacar algo sobre Jesse Brown, el narco que nos trae de cabeza en la comisaría desde hace dos años.

Vivo en Ibiza, en una casa que hemos construido entre todos, con nuestras manos. Es una casita de adobe, en la que tenemos todo lo necesario para vivir. La fresquera está en mi habitación, porque da hacia el norte, y como es poco luminosa, hace menos calor. Cultivamos la tierra y tenemos unas cuantas cabras y algunas gallinas, que nos proporcionan leche y huevos. Ninguno de nosotros come carne. Dedicamos el día completo a ocuparnos de nuestra granja. Si un compañero necesita que le echemos una mano, siempre estamos dispuestos. También fabricamos sandalias de esparto y Vera hace collares y pendientes con cordones de cuero y conchas que encuentra en la playa. Me está enseñando cómo se hacen, y así este verano venderé en los mercadillos, porque necesito dinero para ir a casa a ver a mis padres, a Londres. Al caer la tarde encendemos una hoguera en un cerco de piedras y nos reunimos alrededor después de cenar. Antes de apagarlo y dejar sólo unas brasas, cada uno encendemos una vela que nos ayuda dentro de la casa a encontrar nuestro colchón.

También puede ser que mañana, un hombre finlandés, desconocido para todos, con una gran fortuna, decida repartir todos sus bienes entre las poblaciones más desfavorecidas de África. A la vez, un japonés dueño de varias empresas de telefonía móvil, decide hacer lo mismo con los habitantes pobres de Centroamérica.

La habitación es muy pequeña, sólo hay una cama y una mesilla, y no tiene ventana. Está en penumbra, alimentada por la luz que se cuela por la rendija de la puerta. No sé cómo he llegado aquí. Intento levantarme, pero descubro que estoy atada por las muñecas a una argolla metálica anclada a la pared. Cuando voy a gritar, apenas oigo un susurro, y noto una punzada en la garganta. No tengo voz.

A lo mejor soy una niña de seis años, huérfana, que corre por las calles de una ciudad de la que no sé el nombre, sorteando tiroteos y suplicando para que la siguiente bomba caiga muy lejos de aquí, al otro lado de la ciudad, o en otra región, o mejor fuera de este país convulso por guerras no merecidas.
 
Es posible que yo sea una asesina en serie, de las que se ensaña con sus víctimas, y tengo por costumbre tatuarles una mariposa sobre el pecho, a modo de firma. Si a la policía se le ocurriera señalar en un mapa los domicilios de todas mis víctimas se daría cuenta de que forman la silueta de una mariposa. Que todas ellas compartían la afición de coleccionar mariposas es algo que descubrieron al principio. Igual que mi padrastro, antes de ser ejecutado por el asesinato de mi madre.

Puede que ahora mismo una revolución social contra el cambio climático se esté gestando en lo más profundo de todas las sociedades del mundo. Es posible que contagien a cuantos llega su mensaje, y en poco tiempo, con tenacidad y perseverancia, todos nos concienciemos de que hay que cuidar el planeta. Es posible que en pocos años los índices de contaminación bajen drásticamente, el deshielo de los casquetes polares se detenga y no nos acordemos ya de lo que eran los agujeros en la capa de ozono.

Ahora estoy montada en el asiento trasero de un coche de cristales tintados. Hablo por el móvil mientras envío un documento desde el ordenador portátil. Cambio los zapatos serios que he llevado todo el día por sandalias de tacón de aguja. Me quito la americana y coloco el top por dentro de la falda. Abato el espejo del reposacabezas delantero y me recojo el pelo con tres horquillas de brillantes. Retoco el maquillaje, mientras hablo de nuevo por el móvil y leo los informes por tercera vez. El alcalde no me pillará desprevenida esta vez. Intento poner cara de seguridad frente al espejo. Me convenzo a mí misma. Tras unas cuantas llamadas más, de trabajo de última hora, consigo aplacar los nervios antes de que el coche se detenga a la puerta del restaurante. Veo al alcalde esperando en la entrada, con varias personas de su confianza. Me abren la puerta del coche, pongo el pie decidido sobre el tacón, el tacón sobre la acera. En ese momento me doy cuenta de que no he avisado a Pedro de que no me esperara a cenar. Por quinto día consecutivo. Se me cae el fular. Un mechón de pelo resbala de la horquilla y cuelga caprichoso sobre la espalda. Los informes comienzan a temblar en mis manos.

Quizá en este momento cualquiera de estas cosas pueda suceder. Ahora mismo todo es posible. Porque estoy leyendo un libro.


lunes, 21 de junio de 2010

El Trajecitos

Imagina que acabas de empezar a vivir en un piso nuevo, en una ciudad nueva en la que no conoces a nadie. Imagina entonces que al segundo o tercer día de vivir en tu nueva casa, un día cualquiera por la mañana, aún de noche, en pleno invierno, cuando abres la puerta para salir de casa descubres que uno de tus nuevos vecinos está esperando el ascensor. No pasan muchas cosas por tu cabeza a esas horas de la mañana, pero aciertas a sonreír y dar los buenos días, para causar buena impresión, piensas. El tipo va de traje, tiene bastante más energía que tú, salta a la vista, y te toma el pelo, burlándose de la cara de sueño que llevas, y preguntándote si es que te cuesta madrugar. Te quedas ojiplática. Esa es su forma de darte la bienvenida. Y ese es mi vecino, “El Trajecitos”.

Es bastante peculiar. Lo mismo te gasta bromas en el ascensor como si fuera un chiquillo de 12 años, que se hace el viejo y alaba tu juventud. Igual acelera hasta el portal para subir en el mismo ascensor (por ahorrar luz, supongo), que quiere subir solo con su bicicleta.

Ha protagonizado unas cuantas escenas que para mí son cuando menos extravagantes. Sobre todo porque no hila las conversaciones, te propone esto o aquello, lo que le pasa en el momento por la cabeza, aunque no venga a cuento ni tenga por qué contártelo dentro de un contexto de cordial relación de vecinos. Yo creo que es que le caemos bien todos los habitantes de nuestro piso, menos el perro, al que no hace mucho caso. A nosotros también él nos cae bien.

Un día cualquiera le comentó a mi concubino que era DJ, de rock and roll puro y auténtico, y le dio varios datos para que le buscara en internet y escuchara algo de lo que pinchaba (y también para que viera las fotos, que no tienen desperdicio).

Otra mañana cuando llegaba yo a casa, vaciamos nuestros respectivos buzones y montó conmigo en el ascensor. Entonces, al descubrir que le habían enviado desde América un CD descatalogado de un grupo para mi totalmente desconocido, sufrió tal ataque de euforia, que me dio miedo estar encerrada en un espacio tan pequeño con él. Para recompensarme, me invitó a una sesión en la sala en la que suele pinchar. Yo ese día tenía una boda.

Al escribirlo me estoy percatando de que casi siempre me deja KO a primera hora de la mañana. Está claro que busca mi punto débil. Porque también fue por la mañana, después de dos años de feliz convivencia vecinal, cuando otro día, de nuevo en el ascensor, que es lo único que compartimos aparte de un tabique, me presentó a una adolescente que llevaba varios días acompañándole. -Esta es “Fulanita”, mi hija. Fulanita, ésta es una vecina muy simpática- (no sabemos nuestros nombres). No sé por qué nunca había pensado en esa posibilidad. Un tipo maduro (lo de interesante me lo ahorro, juzgad vosotros mismos), singular, con una novia también peculiar, que tiene un perro (la novia) al que el tipo maduro le desea la muerte, pues no me parecía que pudiera tener tanta vida detrás, y nunca mejor dicho.

Las conversaciones metafísicas que acostumbramos a tener en nuestros encuentros ascensoriles no soy capaz de reproducirlas, porque la mitad de las veces no las entiendo y además muchas son a las 7 de la mañana. Pero son curiosas, os lo aseguro.

La guinda a este pastel sucedió hace pocos días, más o menos un año después de conocer a Fulanita y más menos 11 meses después de que la viéramos por última vez. Una tarde, mientras me dedicaba a la limpieza intensiva del piso, llamaron al timbre. Tardé en reaccionar, a pesar de estar más lúcida que de madrugón, porque casi nunca llaman a la puerta, excepto para vender o robar. Me asomé a la mirilla y vi a un tipo vestido de negro, agachado, con un carro. Estuve por no abrir, pensando que venía a pedir. Pero justo le vi incorporarse y me di cuenta de que era El Trajecitos. Abrí sin más, como buena vecina, y me encontré con la bella estampa: El Trajecitos, con su chupa y su gorra, y una carro, sí, un carrito, de bebé, con una niña rolliza y preciosa. Él me dice de sopetón que venía a presentarnos a su hija. Yo, no sé si embobada por la niña o patidifusa con la noticia, sólo acierto a decir: -pero, ¿de quién es esta niña?-  Me repite, algo contrariado: -¡que es mía!- ((¡Ah, vale! Es que como no sabía nada, no se te ha notado nada la tripa, ni te he visto paseando feliz de la mano de una chica gorda, ni he visto meter en tu apartamento muebles lacados en blanco con una cuna de esas que se estiran, ni compartes el ascensor más que con nosotros, ni he visto en tu buzón la revista de Ser Padre, cómo iba a pensar que estabas a punto de ser Papá, a tus cuarenta y… Todo esto no se lo dije)). Le hice cuatro cumplidos sobre la niña que además eran ciertos, ella me sonrió infinito, y él, creo que contento, se metió en el ascensor, le dio al 0 y dijo: -se la voy a devolver a su madre.

Éste es El Trajecitos. Y nunca lleva traje.

jueves, 20 de mayo de 2010

Otra vez el gusanillo

Feliz de volver a caminar hasta aburrirme, aunque nunca me aburro.
Una foto del paseo del Domingo y otra del paseo del Martes demuestran que es imposible comparar Cantabria con la Sierra Cantabria, a pesar de llevar el mismo nombre. ¿Eres capaz de elegir? Yo no.

Falda del Liguardi, Brañavieja al fondo.

Bonete de San Tirso.

viernes, 14 de mayo de 2010

Limbo

Suelo decir que algo, un plan o alguna cosa, se ha ido “al limbo” cuando se pierde por el horizonte y ya no soy capaz de distinguirlo. Cuando lo pierdo de vista, sí, pero además tengo una confianza infinita en que vuelva a aparecer, antes o después. Es decir que por ahora no está, pero en su lugar queda la esperanza de que no esté perdido del todo, y lo vuelva a recuperar.
 
No sé de dónde he sacado esa expresión, que es totalmente errónea (podéis consultarlo aquí), a no ser que consideremos esas cosas como almas que esperan su redención.
 
Mi particular limbo está bastante lleno a ratos, y otras veces muy vacío. Que el limbo esté vacío en principio es una satisfacción, pero también conlleva el no tener que esperar que aparezca nada en particular. La sensación de tener algo pendiente, algo especial que esperar, es reconfortante, porque sabes que la ilusión de recuperarlo será mayor tras el largo tiempo que has aguardado. Ahora mismo el limbo no está muy lleno, sólo a medio camino entre la ilusión de recuperar y la tristeza de perder.
 
Quizá publicando la lista alguien me pueda ayudar, indicarme dónde buscar, o dónde permanecer acechando pacientemente a que aparezcan y resurjan las siguientes cosas. Allá vamos:
 
- Tengo en este limbo un pendiente que perdí hace un mes o poco más. Para mí era del par más bonito que tenía, o igual el más nostálgico, porque entre 70 pares es difícil hacer comparaciones. Los compré en Italia en Abril del 98. Odio perder pendientes, y no es frecuente, pero éste es el que más me ha dolido, con diferencia.

- Un mandala, del que ya conté la historia.

- Un amigo y medio de otro; esto es más complejo, las distancias (de todo tipo) suelen complicar las cosas.

- Tengo un antiviaje por hacer, con el 10 de la Naranja Mecánica F.C., aplazado infinitamente porque aún no ha llegado el momento de desaprovechar el tiempo; el antiviaje representa todo aquello que no me suele gustar al planear unas vacaciones, pero yo qué sé, me apetece ir con él por una vez así. Qué le vamos a hacer: me gustaría ir una semana a no hacer nada a una isla (Lanzarote estaría bien), a un hotel con pensión completa y sin nada que hacer más que ir a la playa, pasear, comer, dormir, etc. (etcétera, quiero decir). No creo que aguantáramos más de 2 días en ese plan, por eso escojo Lanzarote, porque debe de ser preciosa, para conocerla.

- Un picnic, una merienda con manta de cuadros y cesta de mimbre, también sabéis la historia.

- Tengo muchas rutas por el monte en el limbo, por lo mala que ha sido esta temporada en todos los aspectos (está siendo), y cada vez que hacíamos un plan veíamos desde el sofá cómo se iba al traste en pocos minutos. La frase más repetida ha sido: a ver si el año que viene… Pues eso, el año que viene las rescataremos del limbo.

- Un libro que no encuentro, y que encima fue un regalo. Desde entonces siempre pongo mi nombre en los libros, para que no haya líos. “La insoportable levedad del ser” de Milan Kundera (¡lo siento!).

- También tengo una excursión a Pirineos mil veces planeada, de esas de pegarse palizas a andar durante varios días, y volver exhaustos a casa, pero con una sonrisa difícil de borrar incluso mientras duermes.

- Tengo una cinta de música que presté y no sé si me devolvieron o no, pero no aparece. Realmente ahora me da igual, pero durante un tiempo me volví loca buscándola, debía de ser importante en mi vida (en mi vida anterior). Ahí va la confesión: B.S.O. de Grease.

- Un toro de peluche de esos rellenos de arena, antiestrés, que llevaba en la bandeja de La Leona, y en una mudanza desapareció. Pero en cualquier momento asomará entre algunas cajas, o bajo el asiento del coche.

Y basta ya por hoy. Me quedan en el tintero algún que otro objeto y algún que otro propósito que por más que se planee nunca sale, pero los guardo para mis confesores más íntimos.

Si veis alguna de las cosas de mi limbo vagando por ahí, por favor, avisadme inmediatamente.